Epistemología

La trampa del conocimiento científico

Durante muchos años me ha interesado la epistemología: esa rama incómoda que no se conforma con preguntar qué sabemos, sino cómo creemos saberlo. Ese interés me ha llevado a explorar distintas formas de conocimiento formal y sus metodologías, cuando las tienen. Y en ese recorrido hay una evidencia difícil de ignorar: la ciencia ha sido la forma de conocimiento más prolífica y estable de los últimos siglos.

El método científico cambió la historia.

Francis Bacon publicó en 1620 su Novum Organum, u Órgano nuevo, planteando algunas de las raíces de lo que hoy entendemos como método científico. A partir de ahí, con las transformaciones propias de cada época, ese método se convirtió en una de las herramientas más poderosas para someter las ideas a prueba, separar creencias de evidencia y construir conocimiento acumulable.

La ciencia no solo explicó el mundo. Lo modificó.

Buena parte de lo que asumimos como conocimiento moderno tiene una historia relativamente reciente. Las matemáticas occidentales encuentran algunas de sus raíces en modelos griegos antiguos. La física clásica se consolidó con fuerza en el siglo XVII. La mecánica cuántica, tan invocada y tan poco entendida en algunas conversaciones contemporáneas, tiene apenas poco más de un siglo. Y muchas de las bases de la tecnología que hoy define la vida cotidiana surgieron hace apenas unas décadas.

Visto así, el progreso parece una línea ascendente. Una marcha triunfal de la razón sobre la ignorancia.

Pero esa lectura tiene una trampa.

Solemos pensar la historia humana como si empezara con aquello que podemos documentar, fechar, archivar y clasificar. Como si la humanidad fuera, en términos prácticos, lo que ha quedado escrito, medido o traducido al lenguaje institucional del conocimiento.

El problema es que el Homo sapiens moderno tiene alrededor de trescientos mil años en la Tierra. Si se toma eso en serio, todo lo que llamamos ciencia, tecnología, arte e historia documentada representa apenas una fracción mínima de nuestra existencia como especie.

Esto no invalida a la ciencia. Sería absurdo plantearlo así. La ciencia es una de las mayores conquistas del pensamiento humano. Su fuerza está en la desconfianza: no basta creer, sentir o intuir. Hay que demostrar. Hay que exponer la idea a contradicción. Hay que permitir que otro intente derrumbarla.

Esa exigencia nos ha dado vacunas, puentes, telescopios, antibióticos, electricidad, navegación, cirugía, satélites, comunicaciones y una capacidad inédita para intervenir el mundo.

Pero la trampa aparece cuando confundimos lo validado con lo único valioso.

La ciencia mide muy bien lo que puede medir. Ese es su poder y también su límite. Aquello que no cabe fácilmente en sus herramientas suele ocupar un lugar menor, no necesariamente porque sea falso, sino porque no se comporta como objeto dócil de laboratorio.

Entre los temas relegados por esa jerarquía está la espiritualidad.

No la espiritualidad entendida como superstición barata, mercancía emocional o promesa de sanación instantánea. Eso abunda y conviene mirarlo con sospecha. Hablo de algo más antiguo y más difícil de descartar: la necesidad humana de sentido, de trascendencia, de relación con el misterio, de conversación con la muerte, el dolor, la culpa, la belleza y lo invisible.

Antes del laboratorio moderno ya había rituales. Ya había símbolos. Ya había mitos, prácticas contemplativas, formas de duelo, códigos morales, experiencias de lo sagrado. Algunas podrán parecernos primitivas. Otras contradictorias. Otras incluso equivocadas. Pero sería pobre descartarlas por completo solo porque no se comportan como hipótesis verificables.

La espiritualidad ha servido para organizar comunidades, procesar pérdidas, contener angustias, producir identidad y darle lenguaje a experiencias que de otra manera quedarían mudas.

Esa función no desaparece porque la modernidad la mire con desconfianza.

La ciencia pregunta: ¿qué podemos comprobar? El cientificismo responde antes de tiempo: solo existe lo que podemos comprobar.

Hay experiencias humanas que no se dejan reducir con facilidad sin perder algo esencial en el proceso. El amor, el duelo, la fe, la belleza, la vocación, la culpa, el deseo de sentido. Podemos estudiar sus correlatos neurológicos, sus condiciones sociales, sus efectos psicológicos. Pero eso no agota la experiencia.

Medir una lágrima no explica por completo el llanto.

El conocimiento científico es indispensable, pero no debería convertirse en la única gramática de la realidad. Hay preguntas que requieren datos. Otras requieren contemplación. Otras requieren silencio. Otras solo se entienden después de vivirlas.

No se trata de abandonar la ciencia. Se trata de no exigirle que sea religión.

La ciencia puede explicar mucho del mundo. Pero quizá no está diseñada para cargar sola con el peso completo de la existencia humana.