Escritura

El ejercicio de escribir

Hoy quiero escribir acerca de escribir. Aunque parezca irónico, nunca he escrito demasiado sobre una de las actividades que más me han acompañado a lo largo del camino.

No conozco la teoría de los signos de puntuación. Los uso cuando creo conveniente y, en ese uso, me he acostumbrado más a dos o tres. Tampoco sé con plena seguridad por qué se acentúa "por qué", ni si las palabras son esdrújulas, graves o brújulas, como sea que se llamen.

A las palabras no las conozco por nombre ni apellido. Las conozco por cómo se sienten y por cómo me hacen sentir. Las conozco porque alguna vez, siendo niño, vi una lámina escolar arriba de un salón de kínder que decía "avión" y tenía el dibujo, para sorpresa de nadie, de un avión caricaturizado. La palabra comenzaba con una A escarlata, bien colorada, para que no quedara duda de que estábamos frente a una palabra que iniciaba con aquella letra del alfabeto latino.

De ahí en adelante, todo mundo asumió que sabía leer. Hasta yo mismo.

Y para sorpresa de todos, porque nadie me había inculcado todavía ese arte, sí, arte, empecé a hacerlo.

Recuerdo que a partir de esa sorpresa me preguntaban constantemente qué decía esto o aquello. Principalmente anuncios, letreros y espectaculares vistos desde algún camión de ruta. Yo, con titubeos, lograba hacer sentido de cómo una sílaba formaba un sonido, y cómo esa conjunción de sonidos salvajes e ininteligibles generaba secuencias lógicas que formaban parte de un código compartido con la gente que me rodeaba. Un código que, de alguna manera, ayudaba a entender el mundo.

Por supuesto, no pensé eso entonces.

Pero ese descubrimiento fue importante porque a partir de ahí apareció una nueva manera de comunicar, comunicarme y también de llamar la atención. La lectura no llegó como obligación académica, sino como accidente. La escritura llegó después, más doméstica, más física: cuadernos de doble raya, lápices, letras repetidas, la mecánica casi artesanal de aprender a dejar una marca entendible sobre una hoja.

Desde entonces me adentré, sin saberlo, en el ejercicio de escribir.

De pequeño eran cosas simples: cartas de amor donde se declaraban torpemente sentimientos absolutos por alguna que otra femme fatale de primaria. Luego, cuando aquellos emprendimientos sentimentales fracasaron con la dignidad que puede esperarse de un niño enamorado, aparecieron los cuentos breves. Historias con héroes de caricatura, personajes de anime, batallas imposibles y todo tipo de fantasías que, de haber existido internet con la facilidad de hoy, probablemente habrían terminado en algún rincón del fan fiction.

Pero como no, se quedaban en cuadernos de escuela. Cuadernos llenos de historietas, mundos inventados y aventuras escritas con tal de no poner atención a clases.

Conforme fueron cambiando los años, también cambiaron los temas. En la adolescencia la escritura dejó de ser juego y empezó a volverse síntoma. Ya no se escribía solo para inventar, sino para procesar. Para registrar lo complejo que era vivir. Para darle forma a la frustración, a la incomprensión, a la sensación de estar entendiendo demasiado pronto cosas para las que todavía no había cuerpo ni experiencia suficiente.

Ahí comenzó una práctica que todavía conserva algo de fuerza: el diario.

Un diario no como pieza literaria, sino como refugio. Como laboratorio privado. Como lugar donde las ideas podían radicalizarse sin hacerle daño a nadie, o al menos no de inmediato. En esa etapa también aparecieron los filósofos, las religiones, los libros que uno lee demasiado joven y que dejan una marca rara: iluminan, sí, pero también pueden deformar un poco la mirada si llegan sin guía, sin contexto, sin alguien que ayude a bajar a tierra lo que la cabeza convierte en sentencia.

Luego vino otra etapa, más social, más expresiva. El encuentro con personas que leían por gusto, no por obligación. La literatura como conversación. La escritura como pertenencia. Poemas, cartas, cuentos, intentos de sonar a los grandes autores antes de entender que nadie debería querer sonar demasiado tiempo como alguien más.

En esos años apareció una voz particular. No propia del todo, pero sí más expresiva. Una forma de mirar el mundo menos encerrada en el intelectualismo puro y más atenta a la manera en que los demás reaccionaban ante la vida. La escritura dejó de ser solo introspección y empezó a volverse observación.

Con el tiempo, escribir se volvió oficio.

Primero como hobby. Después como una manera de ganar algo de dinero vendiendo ensayos y tareas universitarias. Luego como redacción comercial, discurso político, lineamientos institucionales, redes sociales, manuales, campañas, documentos de trabajo. Todo escrito. Casi todo pasaba por las palabras.

Y ahí ocurrió algo extraño.

Cuando la escritura se volvió trabajo, perdió parte de su inutilidad sagrada. Al venderla, se volvió funcional. Al volverla funcional, se volvió menos libre. Poco a poco fueron desapareciendo las cartas, los cuentos, las entradas de diario, las páginas escritas sin objetivo económico, sin cliente, sin estrategia, sin una llamada a la acción escondida al final.

Escribir para convencer no es lo mismo que escribir para entender.

Durante años la escritura quedó atrapada en su utilidad. Servía para explicar, vender, ordenar, persuadir, justificar, posicionar. Servía para otros. Servía para algo. Y quizá por eso dejó de servir para lo más importante: pensar.

Ahora, muchos años después, aparece otra vez la posibilidad de escribir porque sí. No por nostalgia, sino por higiene mental. También como una forma de rehabilitación de la lectura, de la atención y de esa parte de la mente que se atrofia cuando todo se vuelve entrega, urgencia y resultado.

El momento es extraño, porque buena parte de lo que hoy se escribe pasa por modelos de lenguaje. Textos que se corrigen, se completan o se fabrican casi por completo con ayuda de máquinas. Herramientas útiles, sin duda, pero también peligrosas cuando reemplazan el esfuerzo de encontrar una voz.

El problema no es que las máquinas escriban. El problema es que todo empiece a sonar igual.

A veces se detecta al impostor por los emojis fuera de lugar. Otras por los benditos guiones largos. Otras por los cierres demasiado redondos, como si todo texto necesitara terminar con una frase solemne que justificara su existencia.

Pero los humanos no cerramos así.

Los humanos somos torpes para redondear. Dejamos frases incompletas. Cerramos ciclos mal. Elegimos palabras equivocadas. Usamos signos extraños. Nos repetimos. Dejamos expuestas ideas que quizá años después alguien, incluso nosotros mismos, intentará terminar.

Ahí está parte del encanto.

La imperfección no siempre es descuido. A veces es presencia. Es la huella de una mente tratando de alcanzar algo que todavía no sabe nombrar.

Ese es el ejercicio de escribir.

Quien escribe, quien lee, quien analiza y quien interpreta: todos entran en el mismo espacio. Basta recordar aquel cuento brevísimo del dinosaurio para entender cómo unas cuantas palabras pueden abrir discusiones que duran generaciones. No por extensión, no por ornamento, sino porque algo ahí quedó vivo.

Y no se trata solo de los grandes escritores. También de los pequeños. De los anónimos. De quienes escriben en cuadernos, notas perdidas, márgenes, pantallas, diarios que nadie leerá.

Todos tienen cabida en el ejercicio.

Quizá escribir, hoy, sea también una forma de resistencia. Una manera de defender la singularidad en una época que amenaza con volverlo todo más eficiente, más correcto, más limpio y, por lo mismo, más gris.

No escribir mejor que una máquina.

Escribir más humanamente que ella.